Soy Luz María. Terapeuta Gestalt, especializada en niños, adolescentes y parejas. Especialista y formadora de Eneagrama. También soy mamá, tengo tres adolescentes y una chiquita de diez años. Me habría encantado que alguien me hubiese dicho lo rápido que iban a crecer. Un día son pequeños y nos buscan para todo; casi sin darnos cuenta, comienzan a separarse de ti para descubrir su propio ser.

La adolescencia es una etapa de desapego. Nuestros hijos necesitan diferenciarse, cuestionar lo que han recibido de nosotras, e inventarse a sí mismos. Y diferenciarse del ser al que más aman, o sea tú, no siempre es sencillo. Muchas veces, la forma más fácil de crear esa distancia es entrar en conflicto.

Yo viví una buena parte de este proceso lejos de mi país, con mis tres hijos mayores entrando uno detrás de otro en la adolescencia. Tenía muchas dudas, poca confianza en mí misma y, literalmente, pensaba que lo estaba haciendo todo mal.

Cuando alguno de ellos lo pasaba mal, mi preocupación aumentaba. Quería ayudar, proteger y encontrar rápidamente una solución. Pero cuanto más miedo sentía, más intervenía; y cuanto más intervenía, más distancia generaba.

Con el tiempo comprendí algo esencial: si yo no estaba bien, si no confiaba en mí y no comprendía la etapa de desarrollo que mis hijos atravesaban, difícilmente podría estar disponible para ellos. Antes de mirar todo lo que ellos `tenían que aprender`, según yo; necesitaba mirarme a mí misma y descubrir qué necesitaba aprender yo.


Por eso hoy acompaño a otras madres.

A mamás que aman profundamente a sus hijos adolescentes y sienten que muchas veces no logran comprenderlos, acercarse, continuar con su relación como era antes; muchas veces sienten miedo de perder el vínculo con ellos. Otras están aterrorizadas por los problemas que su adolescente está viviendo.

Acompaño a mamás que ya no saben cómo acercarse sin invadir, cómo proteger sin sobreproteger o cómo poner límites sin alejarse.

Lo hago porque sé que es posible hacerlo desde una manera más consciente y respetuosa. Es posible permitir el desapego sin romper el vínculo, respetar su autonomía sin desaparecer y poner límites sanos con amor.

No se trata de ser madres “perfectas”, ni de dejar de sentir miedo. Se trata de estar ahí, con todo y miedo, pero con mayor consciencia, respeto y confianza.